Vino seis meses antes de su boda con un deseo sencillo: sentirse segura y guapa ese día.

Vivía en una residencia, trabajaba muchas horas y la comida no siempre era ideal. Corría y ya había contratado un programa prenupcial. Me dijo: «No creo mucho en el yoga».

Respondí: «No pasa nada. Dime qué disfrutas». Partimos de ahí: fuerza, cardio, movilidad y atención al sueño y a los hábitos cotidianos.

Una semana llegó cansada, con tos y fiebre. Entrenar no era la respuesta. Le recomendé descansar y buscar atención médica adecuada; también comprendí cuánto habían aumentado su trabajo y estrés.

Tras recuperarse añadimos respiración y recuperación sencillas. Más tarde dijo que su energía era más estable y se sentía menos agotada.

El día de la boda, más allá de la ropa y el maquillaje, parecía descansada, segura y ella misma.

El progreso no siempre exige empujar más. A veces debemos preguntar: ¿qué más está ocurriendo en la vida de esta persona?