Pregúntale a un adulto cuándo fue la última vez que lloró de verdad, y verás cómo calcula la fecha en años.

En algún momento del camino aprendimos que las lágrimas son un defecto de fábrica. Así que desarrollamos una alternativa: la preocupación. Una preocupación interminable, respetable y sin derramar ni una lágrima.

Pero ambas cosas están más conectadas de lo que queremos admitir.

Esto es lo que he observado: las personas que no pueden liberar la emoción hacia abajo (mediante lágrimas, expresión, movimiento) a menudo la liberan hacia arriba, convirtiéndola en rumiación.

A veces, esa sequedad viene de reglas impuestas en la infancia. Otras, de lugares de trabajo donde tener sentimientos es un inconveniente. Y otras, del simple hecho de llevar demasiado tiempo siendo la parte fuerte. Esos pensamientos en bucle tienen la misma pinta en todos los casos.

¿Cuándo fue la última vez que permitiste que algo acabara de verdad?

Esta noche

Ve, lee o escucha algo que en su momento te conmovió, y no intentes gestionar tu reacción. Si aparecen lágrimas, deja que terminen su trabajo.

Una preocupación que domina la mayor parte de tus días, te perturba el sueño o se siente incontrolable es ansiedad y merece tratamiento profesional. El alivio existe.