"Mi mente está demasiado ocupada para meditar", me dijo, describiendo con exactitud la razón principal por la que debía empezar.

Lo has intentado. Te sentaste, cerraste los ojos y te encontraste con todo un comité. Planes, repasos del día, un picor, una canción pegadiza. Llegaste a la conclusión de que esto se te da mal.

Pero piénsalo bien: te diste cuenta del ruido. Darse cuenta es, de hecho, la práctica. La mayoría de la gente vive inmersa en el ruido sin llegar a escucharlo jamás.

Esto es lo que he observado enseñando durante décadas: nadie fracasa en la meditación. Fracasan ante un estándar imaginario (la mente en blanco) que ningún profesor prometió jamás.

Meditar no consiste en detener los pensamientos. Consiste en cambiarte de asiento: salir del centro de la tormenta y observarla desde la ventana.

Algunas mentes son ruidosas a causa del estrés. Otras, de la cafeína. Otras, por llevar años sin que nadie las escuche. El ruido no te descalifica. El ruido está invitado a participar.

¿Y si la mente ocupada no fuera el obstáculo, sino la puerta de entrada?

Hoy

Siéntate durante un minuto. Cuenta tus pensamientos como si fueran coches pasando por una calle. No detengas el tráfico. Solo cuenta. Eso es meditar.

Si sentarte en silencio te provoca ataques de pánico o un nivel de angustia abrumador de forma constante, practica con la ayuda de un guía (un profesor o terapeuta). Algunas puertas se abren mejor en compañía.