Lo primero que mucha gente encuentra en el silencio no es paz. Es todo aquello de lo que han estado huyendo.

Por fin te sientas en calma... y te sientes peor. Inquieto. Emocional. Sientes un impulso de revisar el móvil que resulta casi físico.

Das por hecho que el silencio no es para ti.

Esto es lo que he observado: el silencio no crea malestar. Simplemente revela lo que el ruido estaba tapando. La incomodidad siempre estuvo ahí, sonando bajito bajo el podcast.

Imagina una habitación que ha permanecido a oscuras durante años. La primera luz que entra no daña la habitación. Simplemente muestra el polvo.

Algunas personas se encuentran con un duelo pospuesto en medio del silencio. Otras, con decisiones que han estado esquivando. Otras se topan con un agotamiento profundo al que por fin se le permite hablar. Todo eso pasa (normalmente más rápido de lo que se teme), pero solo se supera atravesándolo, nunca esquivándolo.

¿Qué es lo que tu ruido de fondo ha estado evitando que escuches?

Hoy

Elige un momento de silencio que normalmente llenarías con algo (mientras hierve el agua, el trayecto en ascensor) y déjalo vacío. Treinta segundos. Enfréntate a él.

Si el silencio te trae, de manera constante, recuerdos intrusivos o una angustia abrumadora, no es que hayas fracasado: es una señal de que debes sumar a este proceso a un profesional experto en trauma.