"Estoy bien", decía ella. Y su estómago llevaba tres años afirmando lo contrario.

Hay conversaciones que decidimos no tener. Con un padre o una madre. Con una pareja. Con nosotros mismos. Las archivamos y damos el asunto por cerrado.

Pero el cuerpo vuelve a abrir el expediente.

Esto es algo que he notado una y otra vez: a menudo, el cuerpo termina las conversaciones que la mente nunca empezó. Lo no expresado no se evapora. Se reubica: en el estómago, en la mandíbula, en las lumbares o en una piel que se irrita justo antes de las reuniones familiares.

Esto no es misticismo. La emoción es fisiología. La ira es química y tono muscular. Si te la tragas, no desaparece; simplemente sigue siendo química y sigue siendo muscular.

Piensa en las emociones como en invitados. Si los recibes, te visitan y se marchan. Si los ignoras, se instalan en tu casa y empiezan a cambiar los muebles de sitio.

A veces se trata de un duelo que nunca tuvo su ceremonia. A veces, de un enfado que no se nos permitió sentir. Otras veces es miedo, disfrazado de una agenda llena de tareas. Diferentes invitados, pero ocupando la misma casa.

¿Qué conversación está sosteniendo tu cuerpo en este momento por ti?

Hoy

Escribe una frase que nunca llegaste a enviar (la frase sincera de verdad) dirigida a quien corresponda. No la envíes. Deja, simplemente, que exista fuera de tu cuerpo por una vez.

Los síntomas físicos persistentes siempre merecen, ante todo, una investigación médica. El cuerpo habla muchos idiomas; descarta los físicos de manera adecuada.