Una clienta me contó una vez que ponía dos alarmas. Una para la mañana. Y la otra la programaba, al parecer, su cuerpo a las 3:17.

Te despiertas en medio de la oscuridad. Sin tener sed. Sin ganas de ir al baño. Simplemente... despierto. La mente lúcida, el cuerpo cansado.

Este es un patrón que he observado a lo largo de los años: este despertar rara vez llega solo. Sucede después de días que terminaron sin haber acabado de verdad: trabajo que te llevaste a la cena, cena que te llevaste frente a las pantallas y pantallas que te llevaste a la cama.

El cuerpo no tiene un hueco en la agenda para asimilar el día. Así que lo abre a las 3 de la madrugada.

A veces se trata de una bajada de azúcar. A veces es una subida de cortisol que llega horas antes de lo previsto. Y otras veces, es una conversación inconclusa del martes pasado. El mismo despertar, por distintos motivos.

Imagina tu sistema nervioso como a un vigilante nocturno. Si siente que el día no se ha resuelto, se pasa la noche comprobando si las puertas están cerradas.

¿Qué dejaste hoy a medias (no en tu lista, sino dentro de ti)?

Esta noche

Cuando te despiertes, no mires la hora. Ponte una mano en el vientre y alarga la exhalación diez veces. Le estás diciendo a tu vigilante que las puertas ya están cerradas.

Si el despertar viene acompañado de taquicardia o dificultad para respirar, o si ha continuado durante meses, deja que te escuche también un médico. Eso es sabiduría, no debilidad.