Nadie cae rendido al instante. Descendemos lentamente hacia el sueño, o simplemente no llegamos a él.
Las 22:00 h. Un último correo. Un capítulo más. Una última mirada a las redes. Luego, apagas la luz y esperas que la mente se detenga como un ventilador al que le cortan la corriente.
Pero la mente no funciona como un interruptor. Es un mecanismo de inercia. Sigue girando a la misma velocidad a la que la alimentaste.
Esto es lo que he observado tras tres décadas: quienes duermen bien casi nunca intentan dormir. Descienden. Los buenos durmientes que he conocido han construido, sin darse cuenta, una rampa: luz más tenue, tareas más lentas, estímulos más silenciosos.
Quienes luchan por conciliar el sueño pasan de máxima velocidad a frenazo en seco, y a ese choque frontal lo llaman insomnio.
El cuerpo lee la hora previa a acostarse como las instrucciones para pasar la noche.
¿Qué le están enseñando a tu cuerpo tus últimos sesenta minutos?
Elige una cosa que siempre hagas antes de acostarte (quizás lavarte los dientes) y hazla a la mitad de velocidad. Solo eso. Estás reduciendo la inercia del motor.
Si el insomnio persiste durante semanas a pesar de tener noches tranquilas, o si se presenta acompañado de un estado de ánimo bajo, merece atención médica, no más disciplina.

