"Yo no estoy estresado", me dijo, mientras sus hombros casi le tocaban las orejas.
Te sientes bien. Ocupado, pero bien. Luego, el cuerpo empieza a pasar sus informes: la acidez, la presión en el pecho los domingos por la noche, el resfriado puntual de cada vacación.
Esto le sorprende a mucha gente: el estrés no siempre es una emoción. A menudo es, simplemente, una carga. Y las cargas pueden llevarse durante tanto tiempo que acaban sintiéndose como una postura.
Rara vez veo estrés invisible de forma aislada. Se esconde detrás de la eficiencia, del "ya estoy acostumbrado" y en esas personas que se enorgullecen de su capacidad de aguante.
El cuerpo es como un puente. No se queja por el peso. Simplemente desarrolla grietas.
A veces esa carga es el trabajo. Otras, es cuidar de otros. A veces es el esfuerzo silencioso de fingir que todo es manejable. Distintos pesos, pero las mismas grietas.
Si tu cuerpo escribiera un informe de este mes, ¿qué diría?
Tres veces hoy (antes de comer, antes del trayecto a casa, antes de dormir), hazte una sola pregunta: ¿qué parte de mi cuerpo estoy tensando ahora mismo? Luego, afloja esa parte en concreto.
El dolor en el pecho, los problemas digestivos persistentes y los cambios en la presión arterial merecen, primero, la revisión de un médico, y después filosofar.

