"Siéntate recta", le repitieron durante cuarenta años. Ella podía aguantar la postura durante noventa segundos.
Te corriges. Hombros hacia atrás, columna estirada. En cuestión de minutos, vuelve la antigua postura, tan paciente como la gravedad.
Y sacas la conclusión de que te falta disciplina. Pero no es así.
Esto es lo que me ha enseñado la práctica: la postura no es una posición que mantienes. Es un hábito que ejecuta el sistema nervioso miles de veces al día, sin que le prestes atención. La fuerza de voluntad puede interrumpir un hábito. Pero no puede sustituirlo.
Enderezarse a base de pura fuerza es como aguantar la respiración. Impresionante a corto plazo. Insostenible por naturaleza.
A veces, el encorvamiento se debe a unos músculos estabilizadores débiles. A veces, es un cuerpo moldeado por las pantallas. A veces es protección: un pecho que aprendió que cerrarse era más seguro. El sistema nervioso defiende cada una de estas versiones con total lealtad.
¿Y si tu postura no es perezosa, sino leal a algo de tu pasado?
No corrijas tu postura. En lugar de eso, en tres ocasiones a lo largo del día, simplemente obsérvala, sin cambiar nada. La consciencia reescribe los hábitos de una manera mucho más honesta que la fuerza bruta.
La rigidez progresiva, los cambios de postura en un solo lado del cuerpo, o los cambios que vienen con dolor o con problemas de equilibrio requieren el ojo de un especialista clínico.

